miércoles, 29 de julio de 2015

UN DEDO ACUSADOR

Seguramente no nos habremos echado de menos en estas semanas. Seguramente ni nos hemos percatado del paréntesis vacacional hecho en el blog. No nos necesitamos. No estamos enganchados. No corremos como alma que lleva el diablo para ponernos al día mutuamente, a diferencia de los desafortunados atrapados en las garras de los villanos que hoy nos ocupan: los SMARTPHONES.

¿Quién no se ha dicho aquello de "necesito desconectar" mientras recorría su biografía de Facebook sentado en el cuarto de baño? ¿Quién no ha sentido agitación cuando ha chequeado su teléfono y ha encontrado "87 notificaciones pendientes"? ¿Cuál de nosotros es el guapo que no se pone nervioso, o incluso se molesta, cuando sabe que han leído su mensaje y tardan en contestarle? Efectivamente, estos llamados teléfonos inteligentes han cambiado nuestros hábitos, nuestras relaciones y nuestras reacciones. Hemos pasado a formar parte de una nueva era. De una nueva generación.

La generación de la risa solitaria ante un vídeo hilarante. La era en la que "Mi ubicación" no te permite estar ocasionalmente en ninguna parte. La época en la que planificar algo con un grupo de amigos lleva más tiempo que el que realmente se disfruta después. Nos pasamos el día mirando la pantalla. La mayoría de las veces para repetir la misma acción cada 5 minutos. Somos víctimas de la nueva ola tecnológica de la telefonía móvil. Nos hemos lanzado a sus brazos sin medir las consecuencias: el smartphone ha creado nuevas adicciones, nuevas enfermedades o nuevos dolores y ha destruido trabajos, relaciones u opciones de ocio.

Image courtesy of Tuomas_Lehtinen at FreeDigitalPhotos.net
Sin embargo no todo es negativo. Si ha creado adicciones, han tardado poco en surgir nuevas terapias y con ellas puestos de trabajo. Si algunas relaciones se han venido abajo por su causa, otras han encontrado en la conexión constante una vía para seguir a flote. Si nuestro tipo de ocio antes dependía de los recursos económicos más que de nuestros intereses, ahora, al menos la información sobre cualquier tema, se ha universalizado el acceso. Dime un punto del planeta, un lugar exacto, una calle, un número, y un smartphone me llevará allí sin titubear...siempre que tengamos conexión de red. Porque además de ser adictos a esos rectángulos atrayentes, somos también esclavos de la cobertura, de los datos 3G, 4G o por donde quiera que vayan ya las ges del mundo. 

Nos es inimaginable vivir sin ellos. Son una extremidad humana más. Han llenado tiempos vacíos, han solucionado problemas e incluso se han anticipado a ellos. Y pese a todo, no deberíamos renunciar al tiempo que nos quitan, a solucionar nuestros propios problemas y tener la experiencia de sobreponernos a ellos. Por eso, aunque disfrutamos de sus posibilidades y sus avances, siempre que utilizamos nuestro smartphone lo culpamos de los cambios que ha provocado en nuestra sociedad. Siempre que lo miramos con ansia de uso, luego tornamos al hastío de sabernos enganchados a él. Siempre que lo tocamos, lo hacemos señalando con un dedo acusador.

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