martes, 30 de junio de 2015

REGALO OLVIDADO

Hemos hablado de personajes ficticios y de estereotipos de personas reales, incluso de depredadores del reino animal. Pero nos queda por afrontar la crítica y defensa de lo intangible. De esas cuestiones banales para algunos y tan importantes para otros. Y no sé si será porque inicio estos días una nueva década en mi existencia, pero creo que el mejor protagonista para este post, no es otro que ese marcador inexorable, ese bien preciado y escaso del que todos disponemos aunque no lo creamos: EL TIEMPO.

Y es que los relojes, de pared o de muñeca, más que la hora marcan lo que tenemos que hacer. Volamos al trabajo. Corremos para llegar a casa. Aceleramos para que no cierren las tiendas...un sin vivir. La disponibilidad de tiempo se considera un lujo en esta era, pero el tiempo no tiene culpa de que no sepamos usarlo como realmente nos gustaría: "No viajo porque no tengo tiempo", "no leo porque no me da tiempo", "no cocino porque se pierde mucho tiempo", "no voy porque no llegaré a tiempo". Parece que es él quien ordena y manda.

Pero nada más lejos de la realidad. Culpemos a la sociedad, al sistema o a las elecciones tomadas a lo largo de nuestra vida, pero no blasfememos en contra del tiempo. Porque él es siempre el mismo. Impasible ante el ajetreo de lo mundano. Sin dormirse en los laureles ni estancarse en momentos concretos. Siempre avanza al mismo paso. Un siglo, una década, un lustro, un año, un mes, una semana, un día, una hora, un minuto o un segundo siempre tienen la misma duración. Y si estas medidas se quedan cortas, sólo podemos culparnos nosotros, que fuimos quiénes decidimos cuantos golpes de manecilla debía durar cada fracción temporal.

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Deberíamos estarle agradecidos. Porque el tiempo es también el que nos da la oportunidad de disfrutar nuestra infancia, descubrir nuestra adolescencia y divertirnos en nuestra juventud. Nos ofrece nuevos mundos en los que desarrollarnos en nuestra vida adulta, serenarnos en nuestra madurez y despedirnos en el ocaso de nuestros días. Tiempo de juegos, tiempo de fiesta, tiempo de sexo, de viajes, de trabajo (sí, también), de familia, aficiones, deporte, cultura, amistad...todo ello se lo debemos. Porque también es tiempo el que gastamos en nuestra felicidad. Pero es misión nuestra el conseguir que la cantidad sea mayor o menor.

Somos insaciables. Siempre nos parece que ese momento se acaba antes de tiempo (valga la redundancia). Lo maldecimos y renegamos de él en cuanto podemos. Nos gustaría disfrutar "sin horas", y no lo valoramos en su justa medida. Siempre está disponible para nosotros, aunque normalmente lo tratemos como si fuese un enemigo con el que lidiar día a día. Un inconveniente, un compañero de viaje que con su tic-tac infinito nos cierra el paso... A veces me avergüenzo de tratarlo así. No nos damos cuenta de que si cambiamos nuestro enfoque no es más que un recurso desaprovechado. Si miramos desde una perspectiva más optimista, volveremos a encontrar un gran regalo. Un gran regalo olvidado.


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