jueves, 11 de junio de 2015

MORDISCOS MALGASTADOS

Siguió nadando como si tal cosa. Ni siquiera tenía ganas ya de mover la cola. Tenía los ojos cansados, la mirada perdida y una mueca de remordimiento en la boca. Así estaba cuando lo encontré y así lo dejé cuando me fui. Creo que fue la entrevista más difícil de mi vida, y a la vez la que más gratamente me sorprendió. Porque por fin pude conocer el fondo del tema, metiéndome de lleno (incluso literalmente) en las fauces del protagonista. Al fin descubrí el verdadero Yo de uno de los personajes más temidos y a la vez más acosados de la historia: el TIBURÓN.

Me refiero al escualo, al animal. Debo aclararlo, porque también entre los bípedos de corbata y traje los podemos encontrar. Aunque quizás el sobrenombre no les haga justicia...a los marítimos quiero decir. El caso es que la conversación me reveló un animal agotado. Cansado de estereotipos y de la obligación de cumplir con las expectativas. Harto de los tópicos y las historias inventadas que tan mala fama le han granjeado entre sus vecinos abisales.

Me contó cómo conoció a Cousteau, como éste le presentó a Spielberg y cómo el propio Steven cenó en su casa para convencerlo de aceptar el papel en su película. El resto es por todos conocido: triunfo espectacular de la saga, una banda sonora que ya es parte del imaginario colectivo, y un sambenito del que no se ha podido desprender nunca. El de enemigo mortal de los humanos. Devorador de hombres y azote de los mares. Tirano del reino animal acuático y matón submarino que enseña su aleta dorsal para atemorizar a la concurrencia.

Una de las muchas sesiones fotográficas en las que ha participado Tiburón
Él no es tan así. Nunca ha probado la carne humana (como la mayoría de sus parientes). Me aseguraba que sólo lo haría en caso de necesidad y me recordó que sin embargo la sopa de aleta de escualo es un manjar para nosotros. Tampoco disfruta de asustar a los bañistas de playa, porque, según me explicó, sus iguales sólo se acercan a las orillas cuando se sienten enfermos o se pierden en las corrientes oceánicas. Me justificaba, muy comprensiblemente, que no es más tirano quien más peces come, si no quien más destruye el ecosistema, haciendo una velada referencia a las atrocidades de nuestra especie para con ellos. Tenía razón. Él simplemente cumple con su cometido en las profundidades: sobrevivir.

Abrió para mí su impresionante mandíbula, me mostró sus desgastados dientes y me hice la foto de rigor con la cabeza entre ellos. Noté que se me agotaba el oxígeno y comencé a despedirme. Su expresión era idéntica que la del inicio. Seria, pero nada feroz. Tenía ese hálito de grandeza y poder, acompañada de hastío y arrepentimiento por haber tomado una única mala decisión en su vida: ser actor. Porque él no hubiera pasado de ser una especie peligrosa más. Porque los delfines no son tan buenos ni ellos tan malos. Porque al final se queda con la sensación de que sus bocados no han servido para nada...la sensación de que sólo han sido mordiscos malgastados.


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