jueves, 4 de junio de 2015

AL PIE DE LA LETRA

"Esto se hace porque yo lo digo". "Me da igual lo que pienses tú o tu primo". "La idea equivocada es la de los otros". "Conmigo o contra mí". Todos hemos pronunciado esas frases en alguno ocasión. Hemos querido marcar nuestro territorio y ser "el que manda". Y sin embargo los odiamos. Nos centramos en sus crímenes (injustificables esos sí) sin intentar ponernos en su lugar. Los ponemos a los pies de los caballos cuando en ocasiones les envidiamos profundamente. Son esas figuras mundialmente conocidas. Esos carismáticos señores que atemorizan continentes enteros. Esos simpáticos traidores que un día se sentaron en el trono y no se quieren bajar de él. Son: LOS DICTADORES.

De derechas o de izquierdas. Que llegan al poder por un golpe de Estado o que se establecen de forma perenne, a golpe de Decreto Ley,  tras alcanzar la presidencia de forma democrática. Todos tienen elementos en común. Esa forma de hablar orgullosa. Ese porte arrogante y convencido. Esa falsa defensa de la nación y la identificación de un poderoso enemigo común. Sin olvidarnos de la cabezonería de atarse (y bien atado) al sillón que ocupan hasta que la muerte los separe.

Tienen sus fanáticos y sus detractores. Se equivocan sin querer y de forma totalmente consciente. Son malvados y marionetas de sus subordinados a partes iguales. Pero, ¿quién no es dictador en alguna ocasión? Si los padres son los primeros sargentos que sufrimos en nuestras vidas, es por tanto comprensible que, después de todo, en algún momento de nuestra existencia todos seamos tiranos.

Charles Chaplin en su película "El Gran Dictador"
Tenemos que aprender a relativizar su situación. Se erigieron en salvadores de la patria porque creían firmemente en la necesidad de redimirla. Se encontraron de bruces con el poder y se ven en la obligación de no fallar a sus incondicionales. Nos divierten con sus ocurrencias y los informativos no serían lo mismo sin su literatura. Fidel, Kim, Nicolás, Francisco, Benito, Adolfo...nombres muy comunes para hombres poco corrientes.

Pero no nos engañemos. Dictadores no hay sólo en la política. Dictadores somos todos. En casa, en el trabajo, con los amigos o cuando nos tocan las pelotas en por cualquier motivo. Por eso hay que entenderlos. Desde su posición es más fácil tomar la vara de mando dictatorial. Es una gozada tener a tu disposición a un regimiento que se desvive por cumplir tus mandatos. La vida sería más sencilla si entendiésemos que sólo son el profesor que enuncia el dictado, que los alumnos copian sin rechistar, pero al que ese abuso de poder se le fue de las manos, porque son adictos a que todos sigan sus instrucciones...al pie de la letra.


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