miércoles, 22 de abril de 2015

AUTÓNOMOS DE NUESTRO ODIO

Autónomos. Ellos si que lo tienen difícil...son sus jefes, sí, pero no tienen de quien quejarse en el día a día. Para las cosas grandes ya está el Gobierno como chivo espiatorio. Pero ese es el saco de golpes de todos. Nos referimos a las quejas por tener que hacer dos horitas extras sin retribución. A las tareas que no te corresponden y tienes que asumir. A los dolores de cabeza que levantan los clientes a los que en teoría no tendrías que escuchar. Por eso, vamos a defender hoy esa figura que todos odiamos, que hemos soñado con eliminar con la faz de la tierra o ridiculizar hasta extremos a los que sólo una imaginación descontrolada puede llevarnos: los JEFES (imbéciles si se quiere especificar).

Un jefe gilipollas es, por definición y norma general, un individuo o individua que habla a sus empleados sin consideración alguna, sin importarle qué carga de trabajo soporta en ese momento, añadiendo tareas a su mochila, haciendo chistes groseros cuando no toca o mostrando su total analfabetismo emocional o su grandiosa inutilidad. Todo ello a la vez que se vanaglorian de representar todo lo contrario. Todos tenemos, hemos tenido o tendremos alguno en nuestros currículos. Quién sabe si algún día nos tocará ejercer su papel.

Y digo papel, porque estoy convencido que no hay una proporción tan grandes de estúpidos con personas bajo su mando. Ni creo que sea necesario demostrar un innegable nivel de incompetencia para poder optar a ser un alto cargo. Nunca lo he tenido delante, pero quiero imaginar que en un contrato laboral de este tipo te exigen fingir tu desconsideración y desapego por los trabajadores. Te pedirán ser el perfecto Jefe Gilipollas para mantener la cohesión de grupo que se crea en torno a su figura. Y esa es su cruz.

Image courtesy of jesadaphorn at FreeDigitalPhotos.net
Nadie le invita a unas copas después del trabajo. No suele estar bien visto por los compañeros el enviarle postales en navidad (mucho menos un regalo). No es bienvenido en los cumpleaños o barbacoas de jubilación. Y todo por el bien de la empresa. Si no hubiera algún jefe al que poner verde en las reuniones de compañeros, un superior que te hiciera hervir la sangre con un aumento de carga laboral, o que consiguiera que lo imaginaras con tus huellas dactilares impresas en su cara, habría que inventarlo.

El caso es que los hay. Los imagino en su despacho, en soledad, con esos remordimientos derivados de su manera de actuar, apesadumbrados por no poder compartir camaradería con sus subordinados...pero satisfechos por cumplir con su obligación. La de ser ese ser desconsiderado en el uso del imperativo, ese enemigo común que convierte en amigos al pijo y a la comunista, ese nexo de aversión tan necesario para que las cosas funcionen. Deberíamos darles las gracias, porque si fuéramos nuestros propios jefes, seríamos también autónomos de nuestro odio.

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