miércoles, 15 de abril de 2015

ATENCIONES POSTIZAS

Ya estamos de vuelta. Nos fuimos pero hemos vuelto...aunque tampoco es que nos hayamos echado de menos. El caso es que vamos a retomar la sana costumbre de mirar al prójimo desde nuestra óptica. Al prójimo o al próximo, ya sea un estereotipo de la vida real o un cliché de la inventiva popular. En esta ocasión puede que nos valga para ambas situaciones. Odiados y repudiados, incomprendidos e insensibles, sin derecho a y con obligación de, hoy centramos nuestra vista en ellos y ellas: los Padrastros y Madrastras.

Protagonistas (siempre negativos) de multitud de cuentos, libros, películas e historias de la vida real, en las que martirizan, se burlan o incluso ponen fin a la existencia de hijos que ellos nunca pidieron tener. Es por ello que os pedimos no que les entendáis, no, pero sí que los respetéis. Respeto porque pese a aceptar tácitamente el cuidado de los hijos de su cónyuge, nadie acoge con albricias una responsabilidad de ese calibre. Respeto porque, en la mayoría de casos, los vástagos de sus parejas los ven como alguien que ha venido a ocupar el lugar que correspondía a su verdadero padre o madre.

Esa es la cuestión. Son usurpadores o imitadores de una figura paterna o materna, que casi siempre ejerce el papel de "poli malo", por aquello de que el niño o niña no vea a su madre biológica como la persona que le hace la vida imposible, o porque directamente es el hijastro el que le adjudica ese papel de pérfida y detestable influencia en su padre del alma. Mentirosos, estrictos, adúlteros, abusadores...incluso como asesinos nos los han pintado. Supongo que esos retratos forman parte de una corriente pictórica, aceptada por muchos, pero que no pasa de ser una interpretación exagerada y poco fiel a la realidad.


Por eso hay que respetarles. A todos se nos agriaría el carácter si tuviéramos encima unas circunstancias familiares similares. Hay veces que estos padres y madres de nuevo cuño tratan, por todos los medios, de ganarse a los ojitos derechos de papá y mamá. Pero salvo contadas excepciones, este apego no pasa de verse como un vano intento por atesorar el aprecio de los pequeños dictadores del hogar, que sólo ven un trasfondo oscuro e interesado en esta forma de actuar. Les compadezco, no querría verme en su situación. Tienen un papel desagradecido y difícil de interpretar. Pueden colmar de atenciones a esos hijos que nunca pidieron, pero siempre serán vistas como atenciones postizas.


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