jueves, 5 de marzo de 2015

UNA COSA MUY NUESTRA

Cuando se les da el atributo de organizaciones, sindicatos, negocios o familias, acabamos por identificarles como instituciones asentadas, con reglas y cabezas visibles, una dedicación exclusiva y como parte de la sociedad en la que vivimos. Cuando le añaden los calificativos de criminales, ladrones, estafadores, chantajistas o asesinos, intentan crear en nosotros la conciencia de que difieren bastante de los verdaderos poderes del Estado que luchan contra ellos...cuando todos sabemos que no es así.

Los Gangsters. Esos personajes reales que cruzan la pantalla para convertirse en iconos de ficción, que hacen el camino de vuelta para inspirar a rateros del tres al cuarto que aspiran a dominar los suburbios. Al Capone, Lucky Luciano o Albert Anastasia pasan a ser los Vito Corleone, Marcellus Wallace o Tony Montana de turno...o viceversa. Pero yo les entiendo. Todos aspiramos a ser nuestros propios jefes, los líderes supremos, a ganar el máximo dinero posible y cuanto más rápido mejor.

Muchas veces se ha retratado en libros, documentales, investigaciones y noticias el funcionamiento del mundo del crimen organizado. Y eso es lo que me fascina de él: si el resto de instituciones que nos gobiernan y dirigen nuestro destino tuvieran la mitad de claro qué hacer y cómo conseguirlo, no dudo que nos iría mejor. Todo esto que digo, entiéndase bien, aplicado dentro de la legalidad. No como lo han intentado hacer los tesoreros indecentes, consejeros aprovechados y sindicalistas espabilados.


La imagen de los gangsters ha sido vilipendiada y desgastada con el paso del tiempo, pero qué tendrá su aura, que todos nos fascinamos con la imagen del padrino, el capo o el líder mafioso, considerándolos leyendas o figuras históricas. Al fin y al cabo, en esencia, y obviando el uso de la violencia, sólo son organizaciones lucrativas, que buscan el máximo beneficio con el menor esfuerzo, aprovechando las debilidades y vicios de los demás. No podemos odiarlos sin entenderlos a la vez, porque, desgraciadamente, meter la mano en la billetera ajena, cada vez más puede ser considerado algo inherente a nuestra cultura. Puede ser visto ya, pero también desde siempre, como una cosa muy nuestra.

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