miércoles, 11 de marzo de 2015

SENTIMIENTOS TEÑIDOS

Hoy vamos a humanizar a otro de los antagonistas que mejor ha escondido su carácter real con el paso de los años. Un personaje visto como no merecedor de todo lo que conseguía. Una figura vista como ejemplo de todo lo contrario a superación, tesón y de que las cosas no siempre son lo que aparentan ser. Hoy vamos a sacar a la luz el verdadero yo de todas las arpías del mundo. 

Arpías que todos ven como tal. Porque el modelo que todos tenemos en mente de mujer malvada, que se aprovecha de sus encantos y ridiculiza o apocopa al resto, es el de una fémina de buen ver, voluptuosa, generalmente rubia, de bote o no, con ínfulas de superioridad y trato imperativo para con todos. O esa chica de instituto, más popular por su físico (y por saber beneficiarse de su atractivo) que por su forma de ser. 

Qué equivocados hemos estado. No digo yo que entre estas señoritas no haya alguna que se ajuste al canon, pero, entre todos, hemos creado un prejuicio de fácil aplicación y de casi imposible desmentido. ¿Cuántas rubias inteligentes habrán sufrido en sus carnes la etiqueta de estúpida y engreída...habiéndose finalmente adaptado al papel y cumplido con los gestos y comportamientos que de ellas se esperaban? ¿Cuántas chicas habrán decidido teñirse el pelo para escaparse o abrazarse, indistintamente, a un personaje totalmente ajeno a su persona? Difícilmente podríamos dar un número si quiera aproximado. 


Y es que el cine y la televisión (sobre todo estos dos medios) se han encargado de extender el estereotipo, sin darse cuenta de que, en realidad, hemos creado esa figura (porque sí, también pasa lo mismo en el lado masculino) para expresar nuestras frustraciones en ellos, odiarlos por lo que son, lo que les dejamos ser o incluso a lo que les obligamos. Toda Betty la Fea necesita una arpía en su vida a la que odiar y contra la que rebelarse. Todo Forreste Gump debe encontrar al atractivo hippie de turno que le robe la novia y que ponga en claro que él es más bueno que el pan.

Simplemente debemos comprenderlos. No podemos pedirles que escondan su atractivo, que tengan complejo de inferioridad, o que no intenten aprovechar el servilismo de sus seguidores y la popularidad que tienen en su entorno. Porque no nos engañemos, lo único que hacemos, es envidiar lo que ellos tienen. Si todos actuáramos con ellos de forma normal, sin elevarlos a los altares, no les obligaríamos a tratarnos de éste modo. Ellas dejarían de teñirse el pelo, y nosotros dejaríamos de tener sentimientos teñidos.

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