martes, 3 de febrero de 2015

LA CARICIA DE LA AVARICIA / Capitales del Pecado VII

Fin de trayecto. Llegamos al final. Último combate contra la opinión generalizada. Último lavado de cara de una de las caras más sucias de nuestra sociedad. Hemos sido perezosos, iracundos, soberbios, envidiosos, glotones y lujuriosos. Hemos codiciado todos calificativos. Hemos querido serlo todo, tenerlo todo. Hemos pasado por encima de quién nos lo negaba. Todo esto tiene un nombre. Un distintivo definitivo. No es otro que el de la capital pecadora que nos queda por visitar: LA AVARICIA.

El avaro del Cuento de Navidad de Dickens. Esa sería la personificación de lo que, desde que no levantábamos dos palmos del suelo, nos explicaban que era la avaricia. Avaricioso el que no compartía. Avaro el que te pisaba para conseguir más. Codicioso el que quería quedarse con todo lo que pudiese. Incompleta esa descripción desde nuestro punto de vista. Sin matices, tan necesarios y tan de moda. Nuevo error por despreciar de forma absoluta una cualidad que no tiene nada de extraño si nos miramos el ombligo.

Terminemos lo que empezamos. Algunos dirán que nos pasamos siete pueblos (o capitales). Pero defendemos la avaricia como un elemento que puede ser muy positivo en la personalidad de cualquiera de nosotros. Porque avaricia es ser, en ocasiones, consciente de que no tienes porqué compartir con aquellos que viven del cuento, que se mantienen de la caridad de los demás. Ser avaro es intentar medrar en la vida, personal y laboral, para intentar tener más y mejores posesiones materiales, sin importar los obstáculos que aparezcan en tu camino. Codiciar supone anhelar una mayor cantidad de algo que te hace feliz y querer conservarlo el mayor tiempo posible.

Image courtesy of zirconicusso at FreeDigitalPhotos.net
No nos opongamos a la avaricia. Opongámonos a la deslealtad, el soborno o la estafa, como medios para conseguir lo deseado. Dejemos que nuestros deseos fluyan de manera natural. Los hay que acumulan paisajes en la retina, que coleccionan recetas de empanadas y que pelean hasta la extenuación por dos euros más en la nómina. Cada uno tiene sus intereses. No ninguneemos a aquellos que desean cosas diferentes a las nuestras. No seamos moralistas en este asunto. Dejemos que cada cual elija cuáles son sus preferencias y hasta dónde está dispuesto a llegar por ellas. Para ello, nunca viene mal dejar sentir en nuestra espalda, sin que nos rompa el saco, una ligera caricia de avaricia.

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