viernes, 10 de octubre de 2014

REVOLUCIONARIOS DE SILLÓN

Ernesto Guevara, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Vladimir Lenin, Nelson Mandela. Revolucionarios. Cada uno a su manera. Cada uno con sus ideas. Todos revolucionarios de acción. Con miles de seguidores en su momento. Reconocidos internacionalmente. Admirados y odiados a partes iguales. Pero ejemplos, al fin y al cabo, de sublevación (pacífica o combativa) frente a las injusticias.

Y en ésas andamos hoy. En busca de ese revolucionario que encabece nuestra sublevación social contra las injusticias de hoy en día: la corrupción, el desempleo, los recortes en derechos sociales, la dictadura de los mercados, los desahucios... un líder que nos empuje a manifestarnos y que nos haga embebernos con sus discursos. El caso es que no lo hay, y como no lo hay, todos nos erigimos en cabezas visibles de revoluciones individuales. Las manifestaciones multitudinarias no arrastran a la multitud que deberían. Las protestas contra las injusticias sólo calan en aquellos que las sufren, no en el vecino que ve las barbas de su homónimo cortar.

Image courtesy of Iamnee at FreeDigitalPhotos.net
Pero, ¿cómo llevamos a cabo nuestras revoluciones unipersonales? Pues desde el sillón ¿Qué podría ser más revolucionario que no salir a hacer la revolución? La sociedad de la información, de los medios de comunicación digitales, nos ofrecen la posibilidad de interacción inmediata con nuestro entorno, con el resto de individuos que están conectados como nosotros a la gran red. Encontramos fácilmente un espacio en el que verter nuestras opiniones sobre cualquier tema, nuestras ideas de cambio, nuestras peticiones a los que dirigen nuestros designios. 

Nada es comparable a lo tranquilo que se queda uno después de pedir, a golpe de teclado, que el sistema cambie a favor de lo que reclamamos. Y todo desde el sofá de casa. Sin carreras. Sin cargas policiales. Sin pasar frío o calor. Sin sentirse impotente frente a los que consideramos culpables. Sin que ellos sientan la presión in situ y en primera persona. Esperemos que la presión social que deberían sentir los dirigentes también evolucione y puedan sentirla desde casa, desde su sillón.

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