lunes, 15 de septiembre de 2014

EL CIRCUNLOQUIO DEL GRITO

Habitualmente redacto textos. La mayoría de veces por trabajo. Otras por placer, como es el caso. Pero cada vez que me siento ante un folio en blanco, ya sea en su versión tangible o en formato digital, siento la irrefrenable sensación de que estoy dando forma a algo.

Escribir puede convertirse para algunos en algo tedioso, en una pérdida de tiempo o incluso en un suplicio, pero en ocasiones para mí supone la única forma de escapar de órdenes directas, de abrir la mente y de buscar cómo expresar con palabras que hagan que el receptor entienda justo lo que yo busco al redactar.

La palabra escrita puede ser bella, mordaz, hiriente, aduladora, rebuscada, directa, seria, graciosa, anticuada, precursora, ofensiva, defensora, reparadora e incluso vomitiva. Justo igual que la palabra hablada...¿o no? La respuesta es si, justo igual.

Pero no es ese el tema; el tema es la satisfacción del ejercicio que supone escribir, crear, plasmar lo que quieres decir y cómo lo quieres decir, y comprobar por ti mismo que otra persona, totalmente ajena a ti y a ese texto cinco minutos antes, es capaz de experimentar la justa sensación que tú, creador del mismo, pretendías trasladar con él. Es un ejercicio intelectual que conecta dos mentes más allá del tiempo y el espacio. Mentiría si dijera que es una posibilidad que sólo ofrece la literatura, ya que las grabaciones de voz y vídeo se han encargado de desmontar tal afirmación.

Image courtesy of thaikrit at FreeDigitalPhotos.net

También aprecio de la palabra escrita su capacidad de parecer menos pedante que en boca humana, a viva voz, y su valía como traductora de las emociones de las personas. Por ejemplo cuando los adjetivos que referidos a alguien que acaba de hacernos la persona más feliz o infeliz del planeta se agolpan en nuestra boca, de tal manera que en el lenguaje hablado la única manera de soltarlos a la vez es gritar, ya sea de alegría o llevados por la ira, mientras que al escribir disfrutamos el placer de agradecer o injuriar de una manera más pausada, puede que más reflexiva también, que nos ayuda a expresar de manera más veraz qué es lo que sentimos realmente. Eso siempre y cuando encontremos las palabras adecuadas.

Ese es el gran problema, encontrarlas. Hay quien gusta del circunloquio (podría parecer que es mi caso). Hay quien usa la metáfora. Y hay quien con dos palabras deja a las claras su intención. Pero el verdadero fallo es no saber en qué momento utilizar cada vocablo, su significado independiente y el que tiene unido invisiblemente al resto de nuestro texto. Eso es lo que en ocasiones desespera a los eruditos, que no saben que existe un mundo real con personas que nos equivocamos continuamente. Ellos prefieren dar vueltas y vueltas para expresar una idea, que quizás simple y llanamente podría haberse visto plasmada...con un grito.

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