viernes, 12 de septiembre de 2014

CON CUERPO...PERO FRÍA

Hoy me voy a apartar de la crítica de la actualidad y voy a empezar a hacer honor al nombre del blog. Voy a divagar un poco por algunas cosas que creo que he pensado más de una vez y que si, se han quedado "ad nusquam", en ninguna parte.

Hace ahora aproximadamente un año viaje por primera vez fuera de España, si exceptuamos alguna que otra estancia corta en Portugal y alguna visita de unas pocas horas a territorio francés o andorrano. Fue un regalo, pero dieron dos opciones y escogí una que siempre me había llamado la atención: La Isla Esmeralda, Irlanda.

Antes de ir me imaginaba un país de verdes múltiples, con grandes extensiones de prados, montañas pequeñitas y bosques frondosos, gente malencarada por la calle pero a la que en el calor de un pub y con una pinta en la mano se le cambiaba el gesto. Resultó que acerté en mi predicción. Y estuve encantado. Adoré ser irlandés durante esos días. Más allá de los lugares turísticos, la multiculturalidad de la ciudad de Dublín y la presencia habitual de la lluvia (como era de esperar por otra parte -el verde no se pinta con brocha gorda-), en la isla de Eire encontré todo aquello que había imaginado. 

Por un lado paisajes que te llevaban a la mitología celta y en los que siempre parece sonar esa música folklórica de instrumentos como las gaitas que hacen que te sientas entre nostálgico y orgulloso. Por otro, esa fingida intimidad conseguida con luz tenue, suelos y muebles de madera robusta y olor a cerveza bien servida (o bien guisada) que en España intentamos encontrar en los pubs irlandeses importados...sólo que allí todo eso era de verdad, no pretendido, es la norma, un bar debe ser así, y engancha. Y la cerveza también claro. Una pinta tostada, densa, con cuerpo, como la original de las tierras de San Patricio (cuya marca no diré, a ver si así consigo algún record) sabe mejor templada, si es tirada como manda la tradición y acompañada por un guiso de carne y verduras. O incluso una hamburguesa si os ponéis especialitos.

Image courtesy of antpkr at FreeDigitalPhotos.net

Ese aire místico y épico de sus paisajes, la cultura de la música en directo en los pubs, las leyendas y supersticiones de hadas y duendes te sumergen en un mundo nuevo, idílico, en el que el viento y la lluvia son hasta agradables...si no se exceden en intensidad claro. Pero recapacitando he llegado a la conclusión de que tampoco son tan distintos a nosotros.

Para empezar, Irlanda ha sido considerada siempre la hermana pobre de la isla de Gran Bretaña, como nosotros lo hemos sido de los países poderosos de la Europa continental. Su cultura de música folclórica se asimila a nuestras verbenas y charangas en las fiestas populares. Sus mitos y leyendas de épocas remotas no son nada comparados a nuestros héroes como el Cid o Agustina de Aragón. Y, sobre todo, sabemos disfrutar del calor parroquiano de un bar en el que somos clientes habituales, o simplemente del ambiente que se crea cuando un grupo de amigos comparte un cerveza bien fría en cualquier restaurante, bar o pub. 

Me gusta ser español. No me hubiera importado ser irlandés. Igual lo mejor sería poder beber en cualquier lugar una pinta de cerveza tostada, densa, con cuerpo...pero eso sí, bien fría.


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